Un Alto en San Miguel
Ramón Claudio Chávez • 6 de septiembre de 2026 • ⏱️ Lectura: 3 min
UN ALTO EN SAN MIGUEL.
Cuatro poetas rumbeaban para Goya, (Corrientes), a presentar su libro en la Biblioteca Popular. Parecían un juez, un comisario, un cura y un vendedor de ilusiones.
Estaban entusiasmados por el viaje, por conocer nuevas personas, nuevos lectores o simplemente gente interesada en la cultura.
Como todo viaje, éste también tenía el sabor de lo incierto; pero ellos querían ser escuchados. En el camino charlaban que iban a hablar y ninguno tenía un discurso preciso. Al fin eran cuatro poetas errantes.
Las palabras iban y venían en ese camino largo, como todos los amantes de las letras estaban expuestos a las contingencias propias de estos eventos.
Cada uno llevaba una maleta de ideas, un cuaderno y una manera particular de mirar el mundo; para después dejarlos en un rincón y decir que la literatura no va a morir nunca; a pesar de las redes, de la inteligencia artificial y de las personas que no quieren leer… -“¡ Somos la resistencia esgrimió uno!”. Corrientes tiene esos pueblos donde quedaron para siempre los versos del “Pai Julián Zini”; pequeños, como olvidados en el tiempo y quizás en la historia.
A uno de ellos llegaron los poetas mientras el sol del mediodía le alentaba para un alto en la huella. Se detuvieron con gusto, en el camino un maestro con su guardapolvo blanco y a pie volvía a su casa.
San Miguel es uno de esos pueblos del interior profundo, de la siesta sagrada y de ese olor a tierra mojada los días de lluvia. No falta la gente a caballo, ni los “lagartos” que salen de las lagunas en busca de alimentos. Los habitantes entienden que eso es parte de su entorno y de la vida diaria.
Los escritores preguntaron por un lugar para alimentarse, un bar, una cantina, una fonda. Le indicaron un lugar que también era hospedaje. Allí llegaron.
El mozo preguntó de donde eran…, porque en San Miguel se conocen todos y los visitantes no eran de allí.
Se sentaron en sillas de madera junto a la mesa que tenía un mantel de tela y dibujos cuadriculados; la plaza permanecía silenciosa y las ventanas exhibían unos geranios.
En la espera debatían como sería la vida de la gente en San Miguel…, sin el bullicio de la ciudad, sin la urgencia de los horarios, con tiempos eternos para ir a otros lugares. Estaban terminando el almuerzo cuando apareció un niño de pueblo con una pequeña “chicharra” en sus manos. Ingresó sin pedir permiso como seguramente lo hacía siempre.
El canto de la “chicharra” llenó de música el lugar y todos sonrieron.
Los poetas se fueron para Goya. Y se quedaron pensando en San Miguel…, ese pueblo del interior y de su gente… “Al fin de cuentas, la vida tiene todos los matices, las cosas sencillas suelen ser las verdaderas…”
Ramón Claudio Chávez. www.ideasdelnorte.com.ar
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