Una chica bonita
Ramón Claudio Chávez • 30 de abril de 2026 • ⏱️ Lectura: 3 min
En una ciudad pequeña donde las estaciones del año se repetían sin prisa, todos se conocían. Allí vivía Silvina, una joven bonita de cabellos oscuros y ondulados, que caían desordenados sobre sus hombros como si nunca se hubiera preocupado por domarlos del todo. Sus ojos grandes de un marrón profundo, parecían prometer más de lo que ella estaba dispuesta a cumplir. De sonrisa fácil y luminosa, como el inicio de casi todas sus historias…, también inevitablemente de su final.
No conocía a su padre, hasta que su madre al cumplir sus quince (15) años le contó quién era; un hombre casado con el cual ella nunca recibió el apego de un padre.
Pese a todo, Silvina caminaba con seguridad, con una mezcla de despreocupación y encanto que hacía que la gente se volteara para verla. No era “Julia Roberts”, pero tenía lo suyo. Se vestía sin reglas, ropas livianas en el invierno y chaquetas prestadas en el verano, las normas del clima y del corazón no eran con ella.
Los noviazgos de Silvina no duraban lo suficiente como para echar raíces. Con Tomás fueron siete (7) meses, una enormidad; con Julián tres (3) meses intensos y caóticos. Después, una lista difusa de nombres que se contaban en semanas, quince (15) días, un (1) mes, o noches que parecían algo más hasta que dejaban de serlo.
Todas tenían un patrón silencioso. Al principio, Silvina se entregaba con entusiasmo a mensajes de medianoche, a risas que llenaban habitaciones, promesas que no parecían promesas. Pero cuando el otro comenzaba a hablar del futuro, algo en ella se tensaba. Su risa se volvía breve, su mirada cambiaba y encontraba cualquier excusa para desaparecer.
La ciudad la miraba con desconfianza, es “solo un rostro bonito”, “es demasiado libre”, o con tono de reproche “no sabe cuidar lo que tiene”. A ella poco le importaba.
Siempre le sobraban oportunidades, no era ausencia de amor. Silvina medía el tiempo como si fueran estaciones breves: primavera, verano…y fin. Nunca otoño, nunca invierno.
De vez en cuando el replanteo de sus relaciones la aturdían; una noche, al volver sola después de una despedida sin drama, se miró en el reflejo de una vidriera; seguía siendo la chica bonita, de sonrisa ligera y el paso firme; pero por dentro, algo empezaba a sentirse repetido, como predecible.
Se preguntaba a si misma qué buscaba. Tal vez su “mala suerte” no estaba en los hombres que ella mismo elegía, ni en los rumores del pueblo.
Tal vez en ese hábito de irse…, justo cuando algo podía volverse real.
No sabía si debía cambiar o no. Tampoco quería fingir lo que no sentía.
Miraba hacia atrás analizando esas historias de amor pasajero que la llenaban de dicha un tiempo breve o muy breve, quería encontrarle la vuelta al amor verdadero.
Por primera vez, Silvina se preguntó si era verdaderamente libre…, si sus relaciones amorosas eran todas superficiales porque así lo decidía.
A ciencia cierta no sabía si eso que ella llamaba libertad, comenzaba o finalizaba en algo parecido a “la soledad” …
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