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Relatos de Vida y Sociedad

LOS VIENTOS DE VALPARAÍSO.

Ramón Claudio Chávez 21 de julio de 2026 ⏱️ Lectura: 3 min

Portada de LOS VIENTOS DE VALPARAÍSO.

LOS VIENTOS DE VALPARAÍSO.

La gente de mar siente un gran respeto por los vientos, saben que estos dirigen la actividad en su conjunto.

Hace treinta y cinco (35) años que Toribio Alcántara trabaja en el Puerto de Valparaíso. Los papeles decían que era “empleado marítimo”, pero él sabía que su oficio verdadero era conversar con el viento.

Siempre entraba al puerto antes que el sol se acordara de los cerros de Valparaíso; su mujer Aurora y sus hijos Julián, Irene y Mauricio casi no lo veían partir.

Alcántara decía que los vientos buenos eran sus compañeros; eran tibios, discretos, venían del sur con sabor a alga recién arrancada. El puerto respiraba parejo, las maniobras se hacían de memoria y las grúas parecían entenderse por señas. Disfrutaba de eso con un silbido que se acomodaba en el hueco entre el “rompeolas y el alma”.

No siempre en Valparaíso, como en otros lugares, el clima era el mismo, había otros vientos. Estaban los “regulares”, esos que le cambiaban el humor, tocaba amarrar dos veces y revisar tres. Son como esas semanas grises en que nada sale mal del todo, pero nada se deja querer. Toribio en sus años de trabajo aprendió el arte de la espera, el valor de la cuerda bien hecha, sin apuro, sin queja.

En el puerto también había “vientos malos”. El viento norte tiene su nombre y su fama, llegaba con aliento de lluvias y noticias torcidas. Casi siempre anunciaba marejadas y cierre de puerto. Con ese soplo bravo había que afinar la atención, cuidar el cuerpo y controlar las pisadas. “En la vida también hay días así …pensaba…, cuando la marea sube adentro… y no afuera”. Aunque el resto se desboque hay que cuidar lo que depende de uno.

Y “estaban los muy malos”, raros pero memorables, aquellos que enseñan a rezar sin pronunciar palabras. Hace años, una vez, el muelle pareció moverse como un animal herido, como el último suspiro; Toribio apretó el último cabo y miró a los más jóvenes: -“¡ Firme, qué pasa… gritó!”.

Y pasó, como pasa todo cuando no queda nada más que aguantar. No se domina al viento, se le reconoce.

Fueron pasando los años y Toribio Alcántara fue envejeciendo con el puerto, supo valorar “los buenos vientos” con gratitud, “los regulares” con sabiduría; tuvo paciencia con “los vientos malos” y fue humilde con “los muy malos”.

La vida al fin de cuentas, como en el puerto, no se mide por cuantos días serenos tocan, sino por la forma en que uno amarra cuando el aire decide contar su verdad…

Al retirarse con el último timbre, oliendo a salitre, solo inclinó la cabeza. El viento le acarició la mejilla…, como quién aprueba un nudo bien hecho y la manera…, casi secreta de seguir viviendo…

Ramón Claudio Chávez. www.ideasdelnorte.com.ar

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