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Crónicas de la Región

Julio del 66

Ramón Claudio Chávez 21 de abril de 2026 ⏱️ Lectura: 3 min

Fotografía de Rogelio Correa Da Rosa.
Fotografía de Rogelio Correa Da Rosa.

El otoño se amañaba para despedirse, las hojas secas de los árboles cubrían las veredas. El invierno estaba próximo. Era el año 1966, el mismo del Mundial de Fútbol en Inglaterra donde Rattin en un “acto de rebeldía” pisó la alfombra por donde pasada la Reina.

Apóstoles quedaba lejos de todo; menos del fervor de su gente. No era el fútbol, era la patria que ese año celebraba el “Sesquicentenario de la Independencia Nacional”.

Una mañana de julio del 66, los carros polacos que venían a ofrecer leche y verduras al pueblo se cruzaron en la entrada de la calle Belgrano con un enorme cartel de madera al mejor estilo de un pasacalle; conmemorativo del aniversario de la gesta patria.

Las calles del pueblo eran de tierra, el asfalto no había llegado aún a la ciudad de la yerba mate. El camión regador aplacaba por las tardes el polvo de la tierra acumulada. La gente de a pie avanzaba despacio, los hombres con sombrero y las mujeres con vestidos sencillos se dirigían a realizar las compras diarias.

El enorme cartel rezaba:“1816- Sesquicentenario Independencia Argentina-1966”.

Para la gente que venía de la Estación, de Azara o de Garruchos el lugar era la entrada al pueblo.

Para los niños que iban a la escuela podría parecer una madera con una inscripción, pero era un acto de supervivencia. Aunque pareciera simple.

Los que hicieron el cartel no cobraron por su trabajo. En un pueblo donde todos se conocían, el concepto del honor no era una palabra de diccionario sino un apretón de manos.

El 9 de julio estaba cerca, en ese lugar no se realizaban los actos patrios, sin embargo, el cartel invitaba a la reflexión, los próceres de Tucumán merecían ser recordados.

El espacio se convirtió en un lugar de reunión de la gente que venía de los barrios a presenciar el homenaje. Por la mañana, por la tarde y también por la noche.

Para darle “señorío” el pasacalle fue iluminado con una cuarentena de bombas de luz; algo inusual para el pueblo que solo contaba en las noches con “un foco” cada cien metros.

Chicos y grandes se reunían jubilosos para presenciar ese “espectáculo luminoso” que adornaba la noche del pueblo incipiente.

Aquel invierno del 66 fue crudo. El país hablaba de cambios, de modernidad y de crisis, pero en Apóstoles, el cartel se convirtió en un mudo confidente.

Ese año el acto del 9 de julio se realizó en la plaza principal; la gente concurrió en gran número con escarapelas celestes y blancas, con ese amor a la patria que incentivó el cartel de madera.

En las escuelas se hicieron actos alusivos, los maestros les pedían a los alumnos que escribieran sobre la fecha patria y el valor simbólico del cartel de la calle Belgrano.

El pecho henchido “por el honor a la patria” no es una palabra “vacua”; es el sentimiento de un pueblo que no olvida a los que lucharon por su independencia.

El cartel del año 66 enseñó en Apóstoles que la Independencia de Tucumán no se firmó solamente en un Acta, sino que se firma cada mañana cuando un ciudadano decide hacer lo correcto…, en un país libre…

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