CANCION A LA PACHAMAMA.
Ramón Claudio Chávez • 3 de mayo de 2026 • ⏱️ Lectura: 3 min
CANCION A LA PACHAMAMA.
María Quispe decía que tenía ochenta y tres (83) años. También relataba que donde vivía no siempre se conocía la verdadera edad de las personas; las arrugas de sus manos podrían agregarle algo más.
Vivía en las montañas, en las alturas como le gustaba decir, en esas casas que se aferraban a la ladera para soportar un invierno crudo ó un verano intenso.
Allí estuvo siempre, con su marido y también con sus hijos. En horarios sin tiempo cuidaba de ovejas y cabritos, se ocupaba del hogar y preparaba el pan en el horno de barro.
Desde lejos se apreciaba el sendero que unía su hogar con un almacén lejano, ese donde Illayup, su compañero, recorría sin prisa pero sin pausa a buscar los alimentos esenciales para el sustento diario. Salía al alba y regresaba en la noche.
María le cantaba a la “madre tierra” con una voz prodigiosa que la naturaleza le había brindado. Luchaba para que el tiempo no esconda ni olvide ese sonido de la naturaleza.
Cantaba incluso por las noches de cielo estrellado, sin necesidad de usar "la caja” para darle ese sonido inconfundible de la música del altiplano.
Porque “Tata Dios” así lo quiso su compañero partió antes que ella. Con ese conocimiento de las personas acostumbradas al dolor, aceptó con hidalguía el momento de soledad.
Un público imaginario seguía admirando esa voz que nunca fue a conservatorios de música pero seguía trasmitiendo esa magia que su canto brindaba al viento.
Sus cinco hijos se fueron a la ciudad y quisieron llevarla con ellos.
-“¡ Aquí nací, aquí quiero morir!”. Les respondió.
Sus canciones eran del altiplano, de las alturas como sostenía. De cuentos de llamas que atraviesan la puna, de amores que se resisten a la ausencia.
Pedía en las madrugadas valor y salud para oficiar de “pastora”, con la mirada perdida en los cerros mientras el rebaño se perdía en esos caminos que parecían todos iguales.
Estaba tan lejos de todos que su hogar solamente se apreciaba por un hilo de humo de su chimenea; María no renegaba de ello, era su lugar en el mundo.
Una noche, la luz de la luna empastó por el roció su techo de paja, ella guardó su manta, cerró la puerta y siguió cantando en la oscuridad; en la montaña su voz siguió viajando.
En el almacén nadie le reprochaba la decisión de quedarse en la montaña, sabían que a nada ella temía, toda su vida estuvo allí como para guarecerse del frío o de cualquier peligro.
Decía que la partida de sus hijos, como de los otros jóvenes
de la montaña haría perder de a poco “la música ancestral” que tanto defendía como un grito de la “tierra olvidada”.
Tomó la decisión de ir a cantar a otros lugares, para que la música de la madre tierra no se muera cuando ella se vaya. Deslumbró a todos.
- “¡ Ayy mamaia…ayy mamaia…,quién cantará cuando yo me vaya!”.
- “¡Ayy mamaia…, ayy mamaia…, quién cantará cuando yo me vaya…
Ramón Claudio Chávez. www.ideasdelnorte.com.ar
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