QUIÉN SE VA A SEVILLA.
Ramón Claudio Chávez • 25 de mayo de 2026 • ⏱️ Lectura: 3 min
QUIÉN SE VA A SEVILLA.
Rafael Sánchez Gijón tenía la edad de Cristo, era de Huelva, España, estaba terminando “una relación complicada” con Mari Carmen Garrido Mora, cuando decidió cambiar de destino. Polonia era una buena opción. Francisco un amigo de Oviedo lo alentó a que viajara. Se fue a Varsovia con una valija llena de recuerdos y un abrigo que no alcanzaba para el frío.
Tenía que comenzar de nuevo en un país donde no conocía el idioma y muy poco de las costumbres. Edificios grises e inviernos largos.
No dejaba de llamarle la atención ese país con personas de cutis blanco y ojos claros, que les gustaba de viajar en tren.
- “Me voy a acostumbrar…”, pensaba. Tuvo que buscar trabajo. Francisco le sugirió que diera clases de español, pero él no conocía el idioma polaco.
A cinco cuadras de la estación central de trenes, en un bar de “mala muerte” comenzó como ayudante en una cocina que olía a “aceite rancio”.
- “¡Ya todo va a mejorar!” … Se ilusionaba.
Una mañana en una pequeña panadería conoció a Kataryna Kaminski. Ella le sonrió como si el invierno no existiera, él confiaba en las miradas y a la mañana siguiente regresó.
Haciendo gestos pidió a la joven unas “medialunas” y trató de entablar una conversación. Escribió en un papel su nombre y en español le invitó a tomar un café.
Se encontraron el día que él tenía franco en el bar. En un café donde creían que ambos se necesitaban. Ella le enseñaba palabras, él le hablaba de Huelva, de esos olores a azahar y de noches que nunca terminan.
Al despedirse con un beso en la mejilla, por momentos Rafael creía que podía echar raíces allí; cuando apareciera el amor sería suficiente.
Así comenzó todo. Muchos cafés humeantes y paseos junto al Río Vístula. Tomados de la mano, abrazados y con “besos cálidos” en un invierno frío transitaban esas cosas inexplicables del amor.
Fue hermoso hasta que intentaron ver el futuro, ambos eran de una cultura tradicional que no podía ocultar la realidad.
Ella en la panadería, él en la cocina del bar, ambos en trabajos informales; de a poco se fue apagando esa llama que habían encendido.
El frío no era solo el clima, encontró silencios que no entendía, costumbres que no lograba hacer suya, una nostalgia que le pesaba en el pecho.
No podía culpar a Kataryna de los problemas de ambos; por las noches regresaba al recuerdo de Mari Carmen.
Sentados en un bar, mirando caer la nieve en la ventana, Rafael se sinceró y le dijo que quería regresar.
Ella miró lejos, hubo un silencio largo…, sin reproches. Le dijo con serenidad:
- “¡A veces uno ama un lugar…, pero no logra vivir con él!”.
La despedida fue en un abrazo grande, como debía ser, agradeciendo el bello tiempo compartido.
Se fue caminando despacio pensando en Huelva, en las noches de “Tapeo” en los bares, en Mari Carmen y en aquel dicho de: - “¡Quién se va a Sevilla…, perdió su silla!”.
- “¡Se fue igual…!”.
Ramón Claudio Chávez. www.ideasdelnorte.com.ar
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